Cuando el populismo degenera en pobreza
Cuando un país se imagina en camino hacia la emancipación colectiva mediante promesas grandiosas, el libre mercado y el respeto al individuo suelen quedar como incógnitas. La historia reciente de Venezuela ofrece una advertencia clara para toda América Latina: sin Estado de Derecho, sin garantías de libertad económica y sin preservación de los derechos fundamentales del hombre, la bonanza esperada puede convertirse en un retroceso prolongado.
1. El declive venezolano como advertencia
Venezuela era, hasta finales del siglo XX y principios del XXI, una de las economías más dinámicas de América Latina gracias a su sector petrolero y a una relativa apertura económica. Sin embargo, las políticas de control estatal, expropiaciones, desincentivos a la producción privada y exceso de regulaciones han llevado a una contracción prolongada de la actividad económica.
Según datos recientes del Banco Mundial, el PIB per cápita nominal de Venezuela —que mide la producción promedio por persona sin ajustar por poder de compra— fue de aproximadamente US$ 4.217,6 en 2024.
Comparándolo con lo que ocurriera en años anteriores, informes de medios económicos señalan que en 2013 el PIB per cápita de Venezuela rondaba los US$ 8.692, lo que evidencia una caída profunda en la producción media por persona en la última década.
Este desplome tiene causas directas:
- Control de precios y de divisas que destruyó los incentivos productivos.
- Intervención estatal en sectores clave sin contrapartida de eficiencia productiva.
- Déficit institucional y ausencia de Estado de Derecho, que inhiben la inversión nacional y extranjera.
El resultado no es solo una estadística: es la fuga masiva de talento, la emigración de millones de venezolanos en busca de mejores oportunidades, la reducción del consumo interno y la pérdida de confianza en las instituciones económicas.
2. México, Estados Unidos y Venezuela
Para dimensionar la magnitud del problema, es útil comparar la evolución del PIB per cápita en tres economías con marcos institucionales muy distintos:
Estados Unidos sigue siendo la economía más grande del mundo, con un PIB per cápita que supera los US$ 84,500 en 2024, según datos consolidados del Banco Mundial.
Este nivel refleja altos estándares de productividad, innovación y un entorno institucional relativamente estable, incluso frente a choques globales como la inflación o tensiones geopolíticas (la economía estadounidense creció un 2.8% real en 2024).
México, con una economía mixta en desarrollo, presenta un PIB per cápita de alrededor de US$ 14,158 en 2024.
Si bien esta cifra está por debajo de la de Estados Unidos —y bien por encima de la venezolana— también enfrenta retos: el crecimiento económico fue moderado en 2024 (alrededor de 1.3%, según estimaciones oficiales), y sectores clave tuvieron desempeños dispares. El País
Venezuela, aún con sus recursos naturales, no logra revertir la caída de su producción per cápita, que sigue muy por debajo de sus vecinos y a niveles que se asemejan a los de finales de los años noventa.
Estas cifras permiten tres reflexiones clave:
- La brecha entre una economía plenamente de libre mercado (EE.UU.) y una economía con intervenciones severas (Venezuela) es enorme.
- México se encuentra en un nivel intermedio, con avances relativos en décadas recientes, pero también con rezagos estructurales que frenan su convergencia con países de altos ingresos.
- Venezuela demuestra que incluso la abundancia de recursos naturales no garantiza prosperidad sin instituciones sólidas y respeto por las libertades económicas.
3. ¿Puede México parecerse a Venezuela económicamente?
Aquí radica el punto más delicado y relevante para el empresariado, los economistas y los ciudadanos mexicanos: aunque México no está en la catástrofe venezolana, sí existen tendencias y riesgos que, de no corregirse, podrían llevar a un estancamiento prolongado.
Entre los factores que constituyen señales de alerta están:
- Débil Estado de Derecho: Cuando la propiedad privada, los contratos y la inversión enfrentan incertidumbre regulatoria o control político excesivo, la actividad económica se frena.
- Populismo de promesa sin producción: Programas grandes de gasto social financiados con endeudamiento o con intervención estatal creciente, sin fortalecer una base productiva robusta, pueden conducir a estancamientos prolongados o a desequilibrios fiscales.
- Dependencia de factores externos: En el caso venezolano, la renta petrolera sustituyó la diversificación económica. En México, aunque existe una estrecha relación comercial con Estados Unidos (especialmente a través del TMEC), mantener dependencia sin mejorar productividad propia es un desafío que limita el crecimiento autónomo.
Adicionalmente, las proyecciones del Banco Mundial y del FMI señalan que México enfrentará un crecimiento económico moderado para 2025, con un entorno global desafiante y tensiones comerciales que podrían presionar la actividad económica si no hay reformas estructurales.
Si México no fortalece la libertad de empresa, protege los derechos fundamentales del individuo e impulsa la competencia en todos los sectores, corre el riesgo de transitar hacia un “modelo de igualdad en pobreza”, donde las políticas prometen bienestar, pero la producción y la inversión real no crecen.
4. El libre mercado como rescate
La lección es clara: la prosperidad no llega por decreto, ni por promesa, ni por intervención ilimitada del Estado. Llega mediante instituciones que respetan la libertad económica, que fomentan la iniciativa individual, que protegen la propiedad privada y que garantizan el Estado de Derecho.
En México, los empresarios, los trabajadores y los ciudadanos tienen la oportunidad de elegir una senda distinta a la de Venezuela. La clave está en fortalecer:
- Libertad económica
- Estado de Derecho
- Respeto irrestricto a los derechos fundamentales del hombre
- Competencia abierta y mercados transparentes
Porque al final, el objetivo no es simplemente reducir desigualdades (que también es importante), sino elevar el nivel de vida de todos. Y ese desafío requiere que cada persona pueda aspirar a más —no a menos— gracias a sus propios esfuerzos en un entorno de libertad.